viernes, 2 de enero de 2015

Misión Nevado y la muerte del doctor

Apartemos las brumas del olvido para traer al presente algunos retazos de lo ocurrido a finales de los años noventa: las personas que tienen opciones, buscan cada vez más la exclusividad y apartarse del mundanal citadino, para darse un contenido chic a su ritmo de vida, por lo que se mudan “a vivir” a selectas urbanizaciones o villas, con el caché que da toda las comodidades y el aislamiento del mundo porque ni entre vecinos se conocen.

El Doctor y su señora no fueron la excepción, con apoyo profesional, diseñaron lo que se llama una mansión, en la fase intermedia de construcción se acercó un perro con timidez, se notaba de corta edad, cuyo costillar era muy visible, los albañiles y el vigilante nocturno lo acogieron como algo más, mientras que el Doctor siempre le llevaba sobras de comida de su casa de habitación, lo que con el tiempo le hizo cambiar el deteriorado aspecto físico al perro y se estableció una química entre los dos.

Concluida y habitada la mansión, su esposa, la señora de la casa, profesional de docencia universitaria de gran lustre cuya mayor ocupación y preocupación es mantener sus líneas faciales tersa y “juvenil” por lo que atendía su rostro con muchas cremas, lociones, y pasaba horas peinándose el cabello para mantenerlo sedoso; mientras que el Doctor en su estudio biblioteca de más de 70mts cuadrado, donde estudiaba intensas jornadas y allí dormía, la pareja estaba junta pero no estaban juntos, cada quien en su ambiente vivía la vida.

Resulta que el perro se quedó a vivir en la mansión con la anuencia, así como con el cariño y afecto particular del Doctor pero con una vida muy discreta para no ser echado, hasta que con el apoyo del jardinero y del personal de apoyo doméstico, la esposa del Doctor se deshacen del perro, sorpresa que se llevó él porque llegó y el perro no lo recibió. Preguntó y recibió la brutal respuesta de la esposa: -lo botamos! El Doctor controló a la perfección de Magistrado su brío, aunque su desgarbada figura temblaba de la indignación y volvió a preguntar: -Y dónde? De nuevo una respuesta desconcertante y breve de la dama que cual doncella se acicalaba el cabello con entusiasmo: -Para el Moján.

El Doctor pensó, ese municipio es distante de Maracaibo, mentalmente se dio ánimo, por suerte es viernes, se dijo por dentro.

Bien temprano del sábado salió al garaje de su mansión el Doctor, tomó él mismo el vehículo, casualidad había cambio de escoltas en la garita habilitada para atenderlo a él, los funcionarios se extrañaron por verlo salir a esa hora y un día sábado, lo abordaron con el saludo habitual y le preguntaron para donde iban, el Doctor respondió con sequedad: -No es necesario que me acompañen! Arrancó ansioso como ganándole tiempo al tiempo, al cabo del rato ve por el retrovisor que el par de escoltas motorizados lo siguen como a 15mts. de distancia cumpliendo su responsabilidad, imprimió más velocidad y expresó molesto: pendejos! Esa era una expresión común en el Doctor que utilizaba cuando interactuaba con cualquier persona que no concordara con su lógica jurídica pero él casi nunca la pronunciaba…pero si la pensaba…!

Después de la Bomba Caribe saliendo hacia El Moján disminuyó la velocidad y recorrió un buen trayecto a ese ritmo para ver si veía al perro, a su perro, después de un buen recorrido, lo ve a la distancia, acelera, toca corneta, el perro mueve la cola, se veía hambriento y deshidratado, con un suspiro el Doctor se dijo: es él! Se estacionó, el perro brinca de alborozo y el Doctor lo monta en el carro blindado. Los escoltas desconcertados se miran entre ellos, encogen los hombros y cumplen con su función de retorno a casa siguiendo al Doctor quien va con los vidrios abajo rompiendo con las normas de seguridad, va a toda música y se veía que hablaba con el perro.

Llegó de nuevo a casa, el mismo Doctor le dio de comer, lo bañó, lo secó, y le hecho un perfume que le regaló su señora y el cual nunca uso. Después él se arregló, almorzó, se puso cómodo y durmió la siesta en el diván de su estudio biblioteca con el perro encima.

No habían pasado quince días cuando la señora de la casa y profesora universitaria hizo lo mismo, botar ahora más distante al perro. De nuevo el Doctor rescata al perro del hambre, de la insolación o de lo que lo atropellaran, estuvo de nuevo en casa y a descansar ambos en el diván.

De nuevo un clavo más al ataúd donde reposaba, el trato, del afecto que una vez se tuvieron el Doctor y la profesora universitaria, porque ni desayunaban juntos, ni cenaban juntos, días sin hablarse, cada quien en su vida, en sus necesidades y, ambos, solitarios físicos y espirituales.

Hubo una tercera ocasión donde regresó el Doctor y no consiguió a su perro, lo buscó y lo buscó por toda la periferia de Maracaibo y municipios aledaños y no lo halló, tres meses después falleció el Doctor a sus 60 años exactos, a las 9.45pm de la noche en la misma hora en la que nació en un sector humilde de la Maracaibo de ayer, al cual más nunca visitó después de hacerse famoso, quienes conocieron al Doctor dicen que murió de desconsuelo, nunca disfrutó a su par de hijos quienes vivían en el norte, ni ellos lo disfrutaron a él. Alentados por la mamá, los jóvenes estudiaban fuerte para captar rápido status local cuando regresaran.

También dicen sus amistades que el Doctor murió de soledad. Lo curioso es que había dejado por escrito en el escritorio que pronto estaba por morir, su esposa ignoraba el avance del cáncer, no obstante, él preveía el fatal desenlace por lo que pidió que lo cremaran y sus cenizas las esparcieran por donde en dos oportunidades había conseguido a su perro. Otra curiosidad, lo cierto es que decían, el jardinero y las domésticas, que el Doctor nunca le colocó nombre al perro, sólo le decía, mi perrito y así se entendían de muy buena manera los dos, ser humano y el más fiel de los animales, de repente estarán los dos retozando en algún parque de la otra vida viviendo la verdadera vida.

Después de muerto el Doctor, ella, su esposa, sigue al frente del espejo creyendo en los mensajes publicitarios de la eterna juventud, por lo que no se da oportunidad, para la tristeza ni para la alegría; además sigue viviendo con gran aversión a los animales y mascotas, perdiendo los momentos bellos y sublimes de la vida; han corrido los años, hoy, con más edad encima -y sin los prometidos efectos de las cremas y lociones de la eterna juventud- la profesora universitaria, duda y se ríe de quienes consideran que si existen los efectos terapéuticos de algunas especies del reino animal.