viernes, 2 de enero de 2015

Victor Soto Rojas en el umbral

El próximo sábado 9 de agosto en la Plaza de Bolívar de su terruño natal, Altagracia de Orituco del estado Guárico, familiares, amistades, autoridades locales y regionales, así como quienes compartieron militancia con el mártir Víctor Soto Rojas en El Bachiller, le estarán a las 10am rindiendo homenaje a su memoria y a su ejemplo porque han transcurrido 50 años de su desaparición forzada y causada y avalada por los gobiernos adecos-copeyanos, padres y gestores, de perversas generaciones que se prolongan hasta hoy con los mismos métodos y propósitos fascistas de entonces.
Los restos mortales de Víctor Soto Rojas aún no han aparecido –se profundizan investigaciones- los responsables políticos de tal aberración, los partidos de Acción Democrática y Copei se hacen hoy, las y los desentendidos y se presentan antes las nuevas generaciones, como si tuvieran la inocencia y la ternura angelical de los querubines.
Pero hablar de Víctor Soto Rojas es hablar de los denodados esfuerzos que hizo su madre, Doña Rosa, quien falleció hace poco más de un lustro, que en vida, acompañada por familiares o ella sola hicieron peregrinaciones por distintos campamentos antiguerrilleros, las distintas cárceles del país y donde le daban una pista, allí estaba Doña Rosa buscando a su hijo, ella nunca desmayó, ¿de dónde sacaba fuerza física Doña Rosa? todo parece indicar que más allá de su condición de madre, de su convicción de patriota, porque consideró siempre la validez de una Venezuela distinta.
Muchas versiones conoció Doña Rosa sobre el paradero de su hijo, cada quien le daba una versión distinta y distante una de otra, y sin que se le precipitaran las lágrimas a cada una las escuchó.
Ella como persona, como madre, se sentía burlada, el presidente y el gobierno de la época, los diputados adecos-copeyanos de entonces, se mofaban a sus espaldas de su dolor, de su angustia; hoy, si ellos hubieran seguido en el poder político su actitud no sería distinta, esa camada parlamentaria actual y sus partidos de la ultraderecha, siguen siendo expresión y defensores del sistema de acumulación de riqueza de la clase oligárquica. 
Doña Rosa, siempre tuvo la ilusión de ver cruzar el umbral de su apartamento en Caracas y ver pasar por allí a Víctor Ramón y fundirse en un abrazo, hay veces ella se sentaba en el balconcito a releer la epopeya de Emilio Arévalo Cedeño adornados con el sonido de los pájaros o a releer a su poeta preferido, Andrés Eloy Blanco. Se imagina su entorno, quizás, a rememorar el silbido clásico de Víctor Ramón quien por costumbre lo hacía para avisarle que ya estaba abajo y presto a entrar al edificio, porque antes de hacerlo, sea de día, de noche o de madrugada esperaba el transcurrir de una hora por aquello de las medidas de seguridad y esperando que algunos de sus vecinos “le cantara la zona” por si había algo extraño con respecto a los organismos policiales adeco-copeyano y evitar una detención.
Pues, a Víctor Ramón lo capturan en las estribaciones de Altagracia de Orituco, al cabo de las semanas, lo lanzaron de un helicóptero con vida, después de bárbaras torturas donde le desprendieron las uñas de las manos y le mutilaron sus dedos, suplicio que padeció por días y que no lo doblegaron, ni a la delación, ni a la traición. Esos eran los métodos normales e impuestos en América Latina por los gobiernos adeco-copeyanos cuyos herederos actuales juran que nunca han violados los Derechos Humanos y afirman con el mayor descaro que nunca cerraron las compuertas al sistema democrático.
Un gesto de Doña Rosa que dejó perplejo a propios y a extraños. En su peregrinar incesante topó con un oficial de rango quien no pudo evitar decirle esa verdad que le explotaba en su pecho a lo que le confesó que su hijo se lo habían lanzado de un helicóptero, ella lo miró con naturalidad a sus ojos, él bajó la húmeda mirada, ella le dijo: -te puedo abrazar y lo abrazó con fuerza, él le retribuyó, la abrazó con fuerza, con la fuerza de la vergüenza de lo que habían hecho sus compañeros militares, él también la abrazó con la fuerza de hijo. Ella le pregunto: -¿Dónde lo lanzaron para colocarle una flor? La respuesta adolorida del oficial: -Eso no lo sé, o no lo escuché.
Doña Rosa justificó su proceder: -Ese militar es bueno porque me dijo la verdad.
Muchos años después Doña Rosa, ávida lectora, indagativa y de sensible conciencia, intuyó y así lo hizo saber a familiares con respecto a la aparición pública del Comandante Hugo Chávez: -“Parece bueno ese militar”. Después de décadas sin acudir a los procesos electorales, se reencontró con vecinos en una cola para votar, algo le decía en el corazón a Doña Rosa que el Comandante de Sabaneta y así lo verbalizó de forma lacónica, breve, sencilla: -Es distinto. Ese sí.
Doña Rosa falleció de 102 años y desde el año 1964 hasta hace casi una década, estuvo esperando cruzar el umbral de su apartamento a Víctor Ramón. Ella fue declarada Madre Ilustre por el Comandante Chávez, distinción refrendada por los y las parlamentarias bolivarianas. Le sobreviven a 50 años de la desaparición física de Víctor Ramón su eterna esposa y dos hijos, hermanos y hermanas, sobrinos y sobrinas, toda una rama familiar de más de 400 integrantes identificados con el Socialismo Bolivariano, además del acompañamiento de generaciones de militantes revolucionarias y revolucionarios que como dice el poeta: “dio su vida por nuestra felicidad…”